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MELBOURNE: POR AMOR AL ARTE

Actualizado: 1 may 2023

Hice mi maleta en 30 minutos, envenenada por una curiosidad insaciable. Empaqué lo que mi sentido común precisó como prioridad para estar durante dos semanas en una ciudad famosa por "tener las cuatro estaciones en un día".

Carl, ¿empaco ropa de invierno, pero de verano también? ¿Cómo es la vaina?

Nunca se tiene una respuesta concreta cuando se trata de Melbourne.


Metimos dos maletas y la máquina de agua en el carro para luego despedirnos de Sydney. Los viajes en carretera son deliciosos, sobre todo cuando cuentas con excelente compañía, frutas, té y dos mil canciones para tararear. Partimos alrededor de las 8 a.m. Nos adentramos en la carretera frondosa, llena de árboles desbordados de una belleza que estas letras no logran rozar. Mi mirada tomaba nota de los detalles que el sol acariciaba dulce a medida que la mañana avanzaba. Y luego eran los molinos de viento y la espléndida selección musical de mi DJ favorito que todo lo pone mejor. La velocidad se tragaba por el retrovisor las praderas y sus cinco tonos de verde. El cielo se alzaba frente a nosotros feliz, solo feliz.


Newport. Llegamos cerca de las 6:30 p.m. Nos encontramos con una casa muy funky, cuya principal atracción era el jardín rodeado de campanillas y flores. Debíamos cuidar a un gato gordo que no le hacía caso a nada. Haríamos housesitting allí. Recuerdo que no cenamos más que té y uno que otro durazno de antojo para luego descansar.



DESCUBRIENDO LA CIUDAD


Nuestra primera parada fue Fitzroy y luego otros lugares cuyos nombres no recuerdo. Suelo olvidar nombres con facilidad, pero no la esencia de los lugares en sí. De hecho mi memoria guarda los detalles con cariño. Lo mismo me ocurre con canciones y varios amantes de cuando era una adolescente adolorida. Lo primero que pude apreciar de Fitzroy, primer suburbio de Melbourne, fue la buena vibra de sus calles. Todo es digno de admirar. Graffitis por doquier, gente joven e independiente en estilo y moods. El arte en las paredes y el diseño de cada lugar se muestra muy bien consolidado, todo ofrece esa sensación de haber sido bien pensando antes de estar allí. Uno de los grandes tesoros de la ciudad definitivamente es la actitud de sus habitantes y lo accesibles que son. No están interrumpidos por su propia insistencia en mantener la compostura. Así transcurrieron varios días. Íbamos de aquí para allá, saboreando las mieles de la que fue escogida desde 2011 como la mejor ciudad del mundo para vivir ¡Vaya título! Quise ponerla a prueba en todos los sentidos: vibra de la gente, transporte público, clima, accesibilidad, belleza, ritmo, opciones, variedad. Quería ser sorprendida y así sucedió.



Otro de nuestros destinos fue Bells Beach, en Torquay, donde la magnificencia de todo hace que guardes silencio y respires. Solo estando presente es posible disfrutarla. La vista, el estruendo de las olas y las aguas protegidas por la inmensidad de las paredes rocosas me invitaron aún más. El querer "hacer algo" se disipa en el "ser".



También estuvimos en el Real Jardín Botánico, cerca del Río Yarra. Ese día llovió. Nos quedamos un buen rato debajo de un árbol leyendo y cayendo, inevitablemente, en esas conversaciones delirantes sobre el porqué el mundo es mundo, quienes somos, de donde venimos, a donde vamos y por qué la lluvia me da hambre.

Por cierto, uno de los lugares mas aconsejables para comer delicioso es Footscray, un suburbio al oeste de Melbourne. Allí comprendí el verdadero significado de multiculturalismo. Te puedes topar con un gran grupo de chicas africanas de caderas maravillosas esperando para cruzar la calle, luego una familia vietnamita saliendo del supermercado que pasan frente a unos coreanos dando un concierto callejero, en fin, ¡tanto que ver! La riqueza cultural camina en todas las direcciones, y hay tantos restaurantes como gustos: etíopes, vietnamitas, tailandeses, indios, hongkoneses, you name it!

Carl tenía antojo de injera (plato típico de Etiopía), así que eso almorzamos antes de ir al cine a ver Coco. Por su puesto fue el día más feliz de mi vida. Bueno, está bien, uno de ellos.


Otro de los lugares más stunning que visitamos fue St Kilda, en la costa sur. Me recordó mucho a Manly por la vibra turística y el tipo de gente. Las playas en Melbourne no son tan paradisíacas como las de Sydney, hay que decirlo. Sin embargo, hay muchas otras cosas que hacer además de andar empanizado en la arena. De St Kilda me gustaron mucho los mercados locales en el malecón, los teatros, la comida, la variedad de tiendas para curiosear.


Carl debía ir a ayudar a un amigo de granja a culminar algunos trabajos a un par de horas de casa, por lo que fue la excusa perfecta para irme al centro de la ciudad solita a buscarle la quinta pata al gato. Me armé con mis bluejeans más viejos y los zapatos más cómodos para ir a perderme en el monólogo de mi cámara.

Me encanta caminar. Sobre todo en una ciudad donde nadie me conoce y viceversa, donde la vida pasa a mi lado serpenteando su belleza a la suerte del viento, y a ese ritmo le hice eco para divertirme más. Me encontré perdida un par de veces, pero contenta, tenía como propósito único alzar la mirada porque cada vez que lo hago encuentro magia. Recorrí esas callecitas grafiteadas de las que tanto hablan. Hosie Lane, Croft Alley, Sniders Lane, Presgrave Place, Goldie Place y Warburton Lane fueron algunos lugares.


BUEN COMIENZO...


Finalmente llegó el 31 de diciembre y por su puesto me puse nostálgica como cada año. Extrañé las hallacas, la música, la bulla de los traki-traki, el anual intento suicida de mi tía la loca (¡no me quiten el trago o me lanzo por el balcón!) y todas esas vainas de las que alguna vez me quejé pero son parte de mí. A pesar de que Carl no es el más entusiasta con la Navidad (¿Cómo se te ocurre, chico? Ponte el calzón amarillo y ves desempolvando las maletas, luego te explico) fuimos a Flinders Street a recibir el año nuevo. Fue realmente especial porque, a ver... soy el resultado de una crianza curtida de ceremonias lideradas por un matriarcado latino que solía dotar de drama y efectos simbólicos a todo cuanto sucediera en la vida por más insignificante que esto fuera. Así que esos cinco minutos antes de las 12 de la media noche no serían la excepción. Para mí fue especial. Le apreté el suéter a Carlitos mientras agradecía por estar aquí, viva, contenta y sana. Recé con fuerza por un año en el que pueda reunirme con mi familia pronto mientras una lagrimita hacía su parte en ese conjuro íntimo que soldaba con fé mi propósito.


Unos días antes habíamos hecho voluntariado a cambio de un par de entradas para los organizadores de un festival de música al que asistiríamos el primero de enero. El festival estuvo bomba. Sacudimos energía hasta quedarnos sin aire. Musiquita chill, gente sexy de pelos rosa, un atardecer alucinante y un par de cervecitas para hacer combustión. Yo particularmente me derretí con el reggae, fue mi espacio favorito. Carl le meneó esas nalguitas a, básicamente, todo. (Cute!)


LA VACA IMAGINARIA


Los días de housesitting llegaron a su final, entonces partimos a Kyneton, un pueblito adorable cerca del cual queda la granja de Ari (México) y Cristine (Francia), en la que nos quedamos por unos días. Debo admitir que no me hacía mucha gracia eso de estar en una granja, imaginaba una casa destartalada rodeada de vacas somnolientas haciendo pupú. Sin embargo me encontré con tremenda (¡tremenda!) casa llena de alma. La decoración proyectaba la personalidad de ellos, personas viajeras, cultas, llenas de historias y experiencias que compartir. Ari, un tipo alto, desaliñado, de cara fileña y cabello cubierto de canas florecidas en desorden me recibió con una sonrisa fresca y sincera. Usa unos anteojos negros de marco grueso. Se rió cuando le dije: "Te tuvieron que haber dicho antes que eres un híbrido perfecto entre Albert Einstein y Woody Allen". Finalmente se trataba de un hombre muy particular ¡Era programador y científico! Contaba con un estudio que también funcionaba como laboratorio/escondidijo en el cual pasaba 80% de su tiempo creando computadoras y máquinas que hacen máquinas mientras sonaban rotundas piezas de música clásica. Entrar en este espacio fue fascinante, solo estando allí se puede distinguir el factor que determina su cerebro: genialidad. Disfruta creérselo ya que a la hora de hablar se muestra, no solo satisfecho de sí mismo, sino convencido de cada palabra que larga como sentencia de vida. (¡Órale, Ari!) Fue un placer inmenso compartir con él, ya que es de esa clase de tipos que puede hablar sobre cualquier cosa: política, historia, ciencia, religión, gastronomía (es un foodie irremediable), amor, odio y muerte. Todo.


En contraposición, o mejor dicho, en perfecto balance, está Cristine, su esposa. Una dulce francesa, profesora de idiomas y académica. Si olvidamos esos tags ilustres por un segundo, queda la dulzura de una mujer de baja estatura, cabello corto y trato simple, adornada siempre con tiernas salpicaduras de pintura de todos los colores. Es Cristi, también artista. Sabe hablar chino, inglés y un español bien influenciado por Ari, por lo que no nos invita a nuestra habitación sino a la "recámara" y no vamos en el carro, sino en el "coche". Es pintora realista, en las paredes de su estudio cuelgan varios retratos de aristócratas. Su estudio, a diferencia del de su marido, cuenta con un trazo extra de nobleza y sensibilidad. Además de pintora y escritora, es músico, así cobraron sentido el acordeón que reposa al lado de su piano. Pasamos los primeros días de enero mimados por la calma de la granja. Hicimos varios trabajos ligeros como diseñar unas "camas" en las que plantamos finas hierbas, recogimos frutas, transportamos tierra y nos encargamos de preparar las cenas cada día. Ari solo me lanzaba amablemente una pregunta que él se respondía solo y a la vuelta de una hora se hacía realidad sobre la mesa.

¿Qué quieres cenar? ¿Qué tal un pie de col morado? Sí, "hagamos" un pie.


Y allí me dejaba sobre el mesón un libro con la receta para luego ir a refugiarse en su Ari-cueva. Durante los días venideros aplicaba la misma táctica, con distinta recetas. Terminé cocinando panes, tortillas, galletas, empanadas, pizzas, ensaladas, hummus, purés. Disfruté mucho ese rol por dos simples razones: primero, logré quitarme de encima la detestable reputación de la "venezolanita que solo sabe hacer arepas". (¡Al coño todos, a comer!) Y segundo, todo lo cocinado venía del jardín. Literal, iba a cosechar los veggies para luego traerlos así fresquitos de la tierra a la cocina. Madre mía, qué privilegio.


Estar en Kyneton nos permitió explorar librerías, cafés, y las tiendas de antigüedades, en las cuales pasamos horas descubriendo tesoros. También aprovechamos nuestra estadía allí para visitar Hanging Rock, es un área considerada sagrada por los aborígenes, está formada por un conjunto de raras formaciones volcánicas colmadas de una energía misteriosamente especial. Esos días culminaron así, con la felicidad que me daba no saber la fecha o la hora, con ese tierno sosiego propio del countryside y la dicha de desayunar moritas tomadas directamente de los árboles. Me hizo feliz acercarme a la belleza de las cosas.

"La belleza esta basada en una interpretación que viene de un sentido de bienestar. Es una noción abstracta e indefinida" – Ari

Nos despedimos de Cristine, Ari y su perro Tuchi, el más grande que he visto en mi vida. Luego partimos a Yarra Junction, a la granja de Tao y Sara a pasar nuestros últimos días en Victoria, los cuales aprovechamos para pasear en los pueblos aleñados. Mi favorito fue Sassafras, con su aire delicado y artístico. Me cautivó la cantidad de tiendas de boutique y el ánimo dispuesto de la gente. Todo parece estar a salvo de superficialidades y "efectos especiales". Fácilmente podíamos pasar horas hablando y caminando. Se respira la alta calidad en todo, el cuidado y la exquisites de la comida, el buen gusto de la gente, la armonía de sus discursos, sus contagiosas inquietudes artísticas. En suma, fueron días de descanso, paseo por bosques y largas conversaciones sobre la vida y nuestras andanzas en ella. Siempre es bueno escuchar lo que gente con la sabiduría de Tao y Sara tienen por decir. Y así concluyó nuestro viaje a Victoria, entre bosques, animales, panes crujientes y el ánimo de personas maravillosas que nos apoyan en nuestra decisión de mudarnos para acá...pero ya de eso les contaré en la próxima publicación.



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