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LA MALOCA

La primera vez que entré a una maloca¹ tenía mucho miedo y ansiedad, no sabía que esperar de una ceremonia de aquella famosa medicina sagrada conocida por “mejorar a las personas desde adentro”. Inconcientemente decidí que pasaría la noche durmiendo para evitar la incertidumbre de la experiencia misma. Había ido determinada a vivirla, pero una vez estando allí, solo quería desaparecer. Encendieron el fuego en el centro de la maloca, nos separaron por género, a las mujeres nos dijeron que si teníamos el periodo menstrual², era mejor no estar presentes. A todos nos pedían calma y mucha meditación ya que la energía colectiva podía ser intensa en medio de la noche. Sacudían hojas de tabaco por encima de nuestras cabezas, rociaban agua de rosas, algunos soplaban sus pipas de rapé³, otros mambeaban, lo cual consiste en consumir mambé, que es una sustancia en polvo producida al tostar, moler y filtrar las hojas de coca amazónica, y que suele ser mezclado con cenizas de hojas de yarumo⁴ como un aditivo alcalino. Mambear es para estas comunidades sentar la palabra, un ejercicio en la que los indígenas se sientan en un círculo para hablar y escucharse ceremoniosamente.


El aire parecía denso. Estaba cargado de una energía curiosa e intrigante. Se escuchaba los collares de semillas del shaman dejando su rastro poderoso como un sonajero que se abría paso alrededor del fuego. Había algo muy seductor en él, la leña se transformaba en cenizas que sonreían a carcajadas escandalosas, disparaba chispas de besos ardientes dados con el más conmovedor de los amores, adornando el aire con un sabor sensual y silencioso, como el danzar de una serpiente. Los murmullos de la gente comenzaron a apagarse. Comenzó la ceremonia a eso de las 9 de la noche.


El shaman comenzó a llamarnos uno por uno. Cuando llegó mi turno, me acerqué al altar, bebí mi primera copa de Ayahuasca⁶, el cuerpo se me descompuso inmediatamente entre náuseas, la cara se me torció con un sabor penetrante que bajaba por mi garganta, fue como beber del licor más espeso y agresivo que jamás haya conocido mi paladar. Volví a mi puesto, me acosté, traté de esconderme de mi misma bajo las cobijas y cerré los ojos tan fuerte como si estuviese a punto de saltar de un avión. Me quedé dormida. Entre sueños y delirios, comencé a notar sonidos más animales que humanos, la atmósfera se tornó áspera y los huesos incómodos, aún cuando apretaba los ojos para no ver lo inevitable, veía caras…ojos abriéndose y cerrándose en una sinfonía cósmica, se convertían en faldas y luego de cansarse de ser faldas, caían al suelo como un gran telón de teatro. Se cayó el telón, el techo y cielo sobre mi cabeza. Se derrumbaron cosas enormes, como mis creencias, mis expectativas y mi apellido. Cuando ya estaba irremediablemente despierta por la propia psicodelia, desorientada, derretida de terror, abrí los ojos. Temía moverme, me costaba reconocer la ubicación de mis brazos y piernas.


Inmediatamente comenzó a danzar frente a mí una enorme serpiente dorada, la visualizaba con claridad enterrando su cabeza en la tierra y saliendo por mi pecho a tomar aire fresco, entraba por mi cráneo sacudiendo la cola con fuerza, temblaba el suelo. Temblaba yo. Sentía mucha inquietud, como si algo por dentro se estuviese preparando para romperse para siempre. Logré finalmente pisotearla con todas las fuerzas de mis pies. Sentía que se abría espacio en mi corazón mientras la veía morir. En ese espacio caí con la suavidad de una pluma aterrizando sobre la tensión del agua. De pronto me ví en el vientre de mi madre arrullándola. Podía sentir el silencio profundo en su vientre, un palpitar unísono, el rostro de mi abuela inundado en lágrimas, mi tía hundiéndose en lodo, sentía el dolor martirizante de las mujeres heridas de mi familia, lobas cojeando en busca de refugio en el bosque. Era un bucle de visualizaciones que, a pesar de parecer obscenas y sórdidas, cobraban cada vez más sentido en mi subconsciente como una maravillosa película donde todos los cabos se atan y las piezas encajaban extraordinariamente cuales ladrillos incas. Nadaba en el líquido dulzón de nuestros vientres, fuí madre e hija al mismo tiempo entre memorias de vidas remotas.


El efecto de esta planta mágica escaneaba todo mi cuerpo, desde lo más recóndito de mi cuero cabelludo hasta la cúspide de mis pies, dejando solo escombros de dolores a su paso.


Abrí los ojos repentinamente. De inmediato, sentí fuertes náuseas de nuevo, me liberé de las cobijas, alcancé la cubeta y salió de mí un eructo monstruoso, un ruido sostenido. Las arcadas insistían en jorobarme la espalda para finalmente exorcizarme, mi abdomen quería liberarme de algo…una fuerza definitiva me hizo soltar un gemido seco y crudo, el cansancio de la resistencia salió todo por mi boca en forma de líquido oscuro dejándome en un estado de confusión, agotamiento y profundo éxtasis. Pienso que estos estados no están diseñados para ser escritos en una sola frase, aún trato de recopilar ese momento de gloria, que se sentió como una victoria por haber espantado finalmente a esos demonios escondidos en la garganta. Me hizo muy feliz haberlos visto a los ojos, haberme aterrorizado hasta la locura, caer una y otra vez en sus insinuaciones, hasta distinguir la locura que hay en guadarles espacio aquí. Qué hermosa y profunda sensación de emancipación. Una especie de peso tumoral se divorció de mi alma. Fue como la exhumación de un cadáver que deja un espacio deshagohado en la tierra listo para recuperar la vida que le corresponde.


La ceremonia proseguía entre ícaros⁷, sahumerios, voces cansadas, hojas sacudiéndose y leña a medio morir. La noche avanzaba y el fuego se resumía a cenizas. Los pies se me erizaban fácilmente al compás de la luz entrando tímida por el techo de palmas. Sentía mi torrente sanguíneo arder en olas. Esa noche debajo de la maloca inicié el recorrido de un camino distinto, de autoreconocimiento irreversible, donde sentía una dulce levedad debajo de mis pies. Había visitado otros reinos, cuyos seres vivían un tipo de libertad que ahora yo también podía saborear. Descubrí nuevos lenguajes, otras formas de vida y de comunicación, fue un verdadero honor haber sido invitada a jugar en otras dimensiones en las cuales se me zafaron los huesos, se me destornilló la cabeza, solté los cables, las anclas, las armaduras, los ojos, los antojos y los anteojos, las máscaras, los ombligos umbilicales, los himnos, las fronteras, las banderas, los álbumes curtidos, las voces interiores, los botes hundidos, los grilletes, de pronto todo dejó de ser mío. Todo se quebró como una gran pantalla cansada de transmitir el mismo canal y se diluyó en la garganta de un infinito que dejó de ser tenebroso. Todo perdió importancia con cierto romanticismo, como cuando se deja ir a un amante frente a una magnífica puesta de sol. Hablo de un buen amante, ese que te deja babeando de amor y se retira en paz.


La siguiente mañana, al salir de la maloca, sentía la felicidad de un niño queriendo nacer. Una de las ayudantes me ofreció una taza de aguapanela⁸ que me supo a cielo. La luz era tenue, la brisa era más fresca de lo habitual, noté por primera vez la presencia de las montañas, su compañía aliviante, ese efecto seductor en el que sucumbe quien las hace existir con la mirada. Noté que mis sentidos estaban reseteados, como nuevos. Los olores eran excitantes, la piel se erizaba tan fácil como si un ángel estuviese susurrando a mi oído cada media hora. Lo único que parecía no fluir con facilidad eran las palabras, tampoco las necesitaba mucho estando en ese estado perfecto de afinada contemplación. Sí, definitivamente había nacido otra vez, esta vez con el corazón menos cargado, el arco sostenido y la vista más afilada.


 

¹Maloca: construcción tradicional utilizada por algunas comunidades indígenas de América del Sur como espacio para ceremonias y rituales.

²Algunas tradiciones de Ayahuasca desaconsejan la participación de mujeres durante su menstruación debido a la creencia de que podría interferir con la experiencia de la ceremonia y porque algunas consideran que la mujer ya está en un estado de purificación natural.

³Yarumo: árbol del género Cecropia en América Latina, se utiliza en la medicina herbal tradicional para tratar problemas de salud y sus hojas a veces se usan como aditivo en la producción de mambé.

⁴Rapé: preparación de tabaco en polvo que se inhala por la nariz, utilizado en algunas tradiciones indígenas de América del Sur.

Shaman: líder espiritual y curandero que practica la sanación y la conexión con el mundo espiritual en varias culturas indígenas.

Ayahuasca: bebida psicoactiva utilizada en ceremonias tradicionales de algunas culturas indígenas amazónicas para propósitos rituales y medicinales.

Ícaros: canto sagrado utilizado en ceremonias de medicina tradicional amazónica.

Aguapanela: bebida tradicional en varios países de América Latina, como Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú. Se hace disolviendo panela (un tipo de azúcar sin refinar) en agua caliente, y a menudo se le agrega limón o canela para darle sabor. Es una bebida dulce y reconfortante que se consume tanto fría como caliente, y se considera una fuente de energía debido a su alto contenido de carbohidratos.










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