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FORMA DE SER

Actualizado: 1 nov 2018

Vivimos en un mundo lleno de posibilidades, sea cual sea la posición religiosa, política o social que adoptemos, para todos hay un conjunto de sólidas opciones para armar nuestro pequeño y limitado rompe cabeza al que creemos pertenecer con tanta vehemencia, hay de todo, tanto para aprovechar como para derrochar. Ese incesante movimiento nos mantiene alerta dentro de este sueño, y al mismo tiempo estimulados por el letargo, una ironía dentro de otra. Nos babeamos frente a una rutina que exige más, pero nos deja poco, cada vez menos, porque a pesar de lo anterior, insistimos en darle poder, fuerza, hacerla el centro de todo, de convertirla en nuestra identidad. "Soy lo que hago/soy la imagen que quiero proyectar de mí", cuando en realidad somos más que eso, más que esa imagen mental que tenemos de nosotros mismos, esa pobre proyección que defendemos.


La verdad es que no vengo a decir lo mal que lo estamos haciendo como seres humanos. De hecho, vengo a todo lo contrario, a rescatar con un poco de compasión el "ser" de lo humano.


Habitamos un mundo (o mejor dicho, compartimos una idea colectiva) que pretende crear un super individuo que hace super cosas, super piensa en un super futuro y aunque ese intento desgarrador que busca superarse a sí mismo puede parecer tácito, sentimos que nos agobia. Hay, por ejemplo, miles de dietas que proponen tantos planes distintos, super foods, pastillas, y alimentos tan rimbombantemente naturales que ya nuestra percepción de "natural" se ha ido distorsionando, sin mencionar los precios absurdos, empaques elaborados, conceptos maquillados, dramatizados y caricaturizados con el fin de vender la satisfacción a una nueva necesidad, que de "nueva" no tiene nada porque si nos detuviéramos por un segundo, nos daríamos cuenta que dicha necesidad ya está cubierta con solo abrir el coco que tenemos en la cocina. Qué alivio saber que ya lo tenemos todo y no necesitamos más. Pero parece que el deseo de querer es insaciable.. ¿De dónde viene ese deseo de posesión? ¿Qué hay detrás? ¿Por qué asociamos posesión con felicidad?


El mundo está repleto de opciones para lo que sea en lo que te quieras convertir o pretender, para camuflarte aún más detrás de tus múltiples personajes cotidianos: el hijo, el padre, el esposo, el amante, el conductor o el pasajero. El mundo tiene la religión que más se adapta a lo que crees creer, tiene la profesión que te hace sentir más importante, o más aceptado, tiene el régimen alimenticio que te esculpe el cuerpo que habitas, tiene a las personas que te acompañan en el bar más cool de la ciudad y a quienes llamas amigos, tiene a la pareja de tus fantasías, esa que hasta el momento no ha decepcionado tus altas expectativas, tiene los países conocidos y por conocer, tiene los cirujanos que te ajustan la nariz pero no el autoestima. ¡Este mundo lo tiene todo! Y aún así, sigue habiendo un vacío general que atraviesa el aire y se afila, irónicamente, con todo lo anterior. Por eso es un mundo que estimula constantemente a altos decibeles nuestra mente, porque la mente nunca se aquieta, siempre quiere más, es un tiburón de cinco estómagos, inconforme y programado para consumir. Es justo en medio de esa tormenta de estímulos donde estar presentes y en calma es clave, ya sea meditando, escribiendo, pintando, haciendo lo que sea que nos gusta y disfrutamos, aquello que nos permita desconectarnos de la mente, la cual es una fábrica de pensamientos que a su vez crean novelas, películas y sagas completas, alejándonos así de esa paz que se encuentra solo en el ser, no en el hacer, ni en el pensar.


Una flor no hace, no piensa, no asume, no concluye, no juzga, no sufre por el pasado ni fantasea con el futuro...una flor solo es.


Es así como nuestra "forma de ser" no es quienes somos en esencia. Nuestro ser es divino y va más allá de nuestro propio entendimiento, de hecho no tenemos porque entenderlo, solo basta con sentirlo. Por otra parte, la forma es solo eso, la figura humana, el empaque, lo tangible, ese aspecto material que se ve seducido por el mundo que está allá afuera girando como una rueda de la fortuna, día y noche sin parar, con sus luces de neón, tan atractivo e inalterable, irradiando su poder ante nuestra narices, tan adictivo en cada giro, tan fotogénico, tan difícil de dejar porque nos hace pasivos, cuando nos embarcamos en él, exuda un sedante que adormece la conexión con nosotros mismos y dejamos de sentir desde adentro para comenzar a sentir desde afuera y buscar en otras fuentes la tan deseada paz, esa plenitud que nos haga descansar de tantas batallas internas. Parece ser mucho con lo que tenemos que lidiar diariamente, es normal sentirse de la forma en la que nos sentimos, es lo que precisamente nos hace humanos, seres pensantes, errantes e imperfectos, ¡también hay algo de divino en el hecho de pasar por la oscuridad para así distinguir la luz como luz!


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