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GLOBO FEROZ

Actualizado: 7 sept 2022

Toqué fondo. Y cuando eso sucede es porque, irónicamente me he elevado hasta más no poder. Toco fondo cuando toco el cielo. Mis pies se desprenden del suelo como inconscientes de que tal fenómeno es vital para mis fantasías insaciables. Elevarse para refrescar la raíz, ver amorfas las formas y hacer mofa de la rutina, de lo que la retina registra como real. Será por piscis o por cobarde. De cualquier manera, en elevarse hay una dosis casi perfecta de armonía y sobriedad que antagoniza la realidad, a veces aturdidora e invasora de los días, el tiempo, mi pecho, este espacio. Soy como un globo feroz que sopla su propio fuego para llegar a las nubes y lamer de su lluvia. Siempre se ha sentido tan bien levitar sobre los zapatos y respirar ese aire gélido que guardan las lejanías sobre la atmósfera. Sin coordenadas. Invisible a los radares. Lejos, muy lejos. Arriba e inalcanzable, tan elevada que las galaxias se enredan como telarañas plateadas en mi pelo. Así me gusta. Fumarme la brisa, bailar con la vida, extasiarme de sol, volar alrededor de luna, mecerme con ella, agradecida por la profunda inspiración que brinda, como un elixir que refresca la garganta en el clímax de la noche. Cuando creo que he volado muy alto, sigo saltando y encuentro más eternidades detrás de esas puertas que creía cerradas, en las orillas de un universo que de pronto se desprende en forma de letras andantes como la mejor escena de una película de culto. Elevarse como una pluma suspirada por el viento que no se resiste a absolutamente nada, quizás caiga sobre tu escritorio o se vaya de nuevo a volar.




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