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EL DESCANSO ETERNO

Actualizado: 23 ago 2019


Y así, en medio de luces blancas, gente corriendo, buscando su vuelo, abrazando y des-abrazando, salí una vez más de Colombia. Esta vez fue una salida intensa, simbólica, profunda, inesperada e improvisada, pero que coincide con algo perfecto que aún no puedo explicar. Había planificado unas “vacaciones” a mi país que resultaron todo menos algo que se pareciera a descanso. La vida se encargó de hacerme subir Los Andes en triciclo sin cholitas y sin camisita, bajo los cielos más llorones y los soles más ardientes. Todo absolutamente me puso a prueba. No hubo día que no me sintiera exprimida por una fuerza espacial, por un empujón celestial. Era el Universo mismo expandiéndose sin mí, porque me resistía a hacerlo debido al miedo, la comodidad, la flojera, la incertidumbre y unas epilepsias de soberbia que no había distinguido del todo. No me quedó más remedio que verlo, voltear la cara a eso que bloqueaba mi propio camino. Venía sintiéndome fuera de mí, abstracta e incómoda, como si la piel me quedara apretada. Solo basta eso para recibir el bendito empujoncito cósmico que te pone a trabajar.

Fue así como un día cualquiera, sentada en un café se me acercó un tipo raro hablándome inglés porque supuestamente le di una sensación de ser "como de San Francisco con ascendencia asiática”. “Ah-ah, estás equivocado por kilómetros, soy de aquí mismo, de Barranquilla”. En fin, de ese encuentro, de ese choque de estrellas donde las posibilidades son remotas pero profundamente mágicas, salió una conversación difícil de categorizar. Él me explicaba sus planes para cambiar el mundo. Yo le escuchaba con atención porque, para ser sincera, son temas que me fascinan. Así que lo incluí no solo en mis contactos sino en la parte de mi mente donde las puertas del interés y la atención están abiertas. Tuvimos un par de encuentros más pero el último ¡Uy! Ese último bastó.

Ese día básicamente me obligó a mirar mis miedos a los ojos. ¿Sabes lo que eso significa? Es más, hagamos un ejercicio rápido. Piensa en tu peor temor y trata de visualizar que lo abrazas, abrazas ese miedo de mierda tan fuerte que ¡paf! Se esfuma. Fue eso precisamente lo que siento que me sucedió esa noche, sentados en Café Pergamino, él en sandalias y camisa azul de botones, mirándome a los ojos, aplicándome lo que hasta el sol de hoy no se como definir "¿Qué fue eso, Cruz? ¿Fue la sesión de una terapia de shock, brujería o el espejo más potente jamás aplicado? Me vi toda. Toda absolutamente. Me vi de cara con mis miedos más intensos y con la valentía que no sabía que tenía les dije: “Hasta hoy respiran, de ahora en adelante la encargada de esta tripulación soy yo”.


LA ABEJA ESCLAVA DE SU PROPIA MIEL


Este texto se desarrolla el 20 de agosto del 2019 en el Aeropuerto de Santiago de Chile, 6.18 p.m. Descalza, descansando los pies de tanto ajetreo, la mente de tantas lucecitas artificiales, la cabeza de tanto pensamiento patético que quiere venir a sabotear las decisiones tomadas en pro de, finalmente crecer, expandirme y volar. Bendito sea Cruz y su aparición fortuita en este caos extraordinario. Bendita sea esa noche en la que, radical y contundente me decía que era hora de deshacerme de esas mierdas mentales que me hacían estacionarme en zonas de confort bastante peligrosas que además me convertían en la víctima y esclava de mis propias excusas. Me puso en contexto, con esa capacidad científica y espiritual, esa dosis exacta de psicología y budismo. No podía creer como estaba siendo testigo de mi propia mente siendo intervenida, al principio de la conversación estaba totalmente convencida de que, a pesar de saber que Cruz tenía razón, yo debía seguir mi camino a Perú para continuar el idilio con mi príncipe azul. Pero a medida que avanzaba la conversación, los anteojos mentales se me iban aclarando y mis creencias iban despedazándose, cayéndose como grandes bloques glaciares y ese espacio que creía lleno de maravillas comenzó a despejarse para mostrarme que también había... ta-dah! Co-dependencia. Pensaba que mi amor era incondicional, que me movía la libertad y el poder personal ¡Pero no! Realmente era un espacio eclipsado por la falta de amor propio y claridad, indecisión, apatía, conformismo, incapacidad para crear conexión real y muchas dudas sobre mí misma. Duele verlo todo así, sin anestesia. Duele aceptarlo. Duele decir “sí, eso también hace parte de mí”. Es verse al espejo y quitarse una máscara tras otra, hasta quedar hecho carne, hecho hueso, hecho nada. Después de esa muerte maravillosa es cuando pequeños hilos de luz se asomaron y no hay palabras, ni siquiera en el más romántico de los idiomas, que explique tal felicidad. Es un alivio que viene desde un alma finalmente reconocida, que se siente en paz porque comenzó su proceso de conexión con el Universo, con el Todo. La Unidad emerge. El corazón late y es escuchado, se siente, no hay más nada que buscar afuera, no hay necesidad de máscaras ni de diseñar con tanto esfuerzo escondites mentales, no existe esfuerzo alguno, no hay a quien engañar, no hay engañados. Es el descanso eterno que llega en forma de momento, el único que existe, el presente. No queda nada sino una belleza infinita que lo conecta todo, no hay escalones, niveles, mañanas o pasados, premoniciones, adivinanzas, incertidumbre, preocupaciones, “problemas” que resolver, personas que convencer. Solo quedas tú siendo el testigo real de tu propio proceso desde que naciste, en el que, por diferentes razones, ya sean culturales, sociales, religiosas, ideológicas, soldaron en tu cabeza esas duras fachadas de lata con las que sales a caminar todos los días y usas según la ocasión ¡Qué dolor genera eso! Es un peso tan enorme que te hala y te sucumbe, en vez de elevarte y llevarte hasta lo más íntimo de esa belleza inaudita que yace en cada uno de nosotros. En una noche, sentados en un café cualquiera, se reveló ante mí apenas el principio de una verdad, Mi Verdad, la que me hace comprender a la mujer que existía en mí y que debió morir para darle lugar a esta que cada día despierta más, que intenta practicar con cada acto el amor, la compasión, la paciencia, la humildad, la respiración, el escuchar desde el corazón, el dar y el recibir en equilibrio, el sonreír, la alegría de vivir, el agradecimiento, la calma, el fluir, el verdadero fluir...no el que creía que entendía. Sino el verdadero fluir que me permite tomar decisiones en pro de aprender todos los días y crecer aún más, transformarme aunque con ello venga el dolor de la disolución misma, la desintegración de paradigmas y viejas estructuras.


6.46 P.M


Mi vuelo sale a las 00:25. Tengo sed y necesito encontrar un cargador pronto. El próximo destino es Nueva Zelanda y luego Australia. Evidentemente Perú no es parte de este capítulo de mi vida en el que, claramente, debo trabajar en mí, reclutarme en mi propio pecho para limpiar, sanar, auto-descubrirme con máxima atención y conciencia, con una intención puntual y amorosa que lo reduzca todo a lo más simple, a lo que apenas comencé a comprender: El ser. El amar. El escuchar. El ver más allá. La conexión ferviente y auténtica. El abrir los brazos. La aceptación a lo que es. El reencuentro conmigo misma y a su vez con el Todo. Ese abrazo universal. Aunque no sé qué me espera, no me queda otra opción que confiar. La falta de confianza fue precisamente lo que me alejó de mi núcleo, de mi esencia divina, así que volver se trata de nadar de vuelta a esas aguas calmas y tibiecitas de las que está hecho mi centro. Tengo que reconocer que mi mente aún trata de entenderlo "¿quién es Cruz? ¿Qué lo llevó a aplicar en mí toda esa conciencia viva que me dejó boquiabierta ante mi propia falsedad y que a su vez me permitió ver el inicio de la Verdad?.

Cuando mi mente calla, el alma susurra…


"Los ángeles se afinan hoy para cantar desde siempre...

para siempre".







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