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HASTA PRONTO COLOMBIA

DE VUELO EN VUELO


¡Llegó el día de partir a Australia, qué emoción! De Medellín a Bogotá, luego Houston. De allí, unas cuantas horas de espera para luego aterrizar en Los Ángeles, ciudad en la que estuve durante un día descansando en casa de un amigo, donde pude ducharme y tomar una siesta súper reparadora. Cuando regresé al aeropuerto, estaba más que preparada para abordar el que sería el vuelo más largo hasta ahora (L.A- Fiji). Primera vez que abordo un avión de dos pasillos. A mi izquierda un gringo regordete que se adueñó del “portabrazos”, a mi derecha un sacerdote que no se cansó de ver futbol americano y pedir vino cada vez que podía. Al frente, una familia india, el nené era un solecito que asomaba la manito entre asiento y asiento y decía: “Hi” con voz de pollito. Y allí, en el medio de todos esos planetas, yo, decidiendo donde iba a colocar la almohadilla para lograr dormir decentemente. Al principio el instinto de princesa me indicó que colocara la almohadilla entre el hombro y la oreja, dejando retozar la cabeza delicadamente. Después de unas horas, cuando el frío, los huesos y el sedentarismo pasan factura, decidí colocar la almohadilla sobre la bandeja frente a mí y dormir así, como una C mayúscula en su pose de yoga más agresiva. Funcionó, unas horas después, atravesando el Pacífico, la princesa despertó hundida en una piscina de baba, con el cuello tullido, el cabello alfombrándole la cara y un sueño intenso que ya parecía pesadilla.

Y así, hasta que se activaron las azafatas en un desfile de pieles tostaditas, ojos rasgados, narices explayadas y flores en aquellos cabellos de engajes danzantes. Me hizo tanta gracia que decidí ser la más receptiva y sonriente para celebrar la belleza en todo aquello. Nos sirvieron una especie de cena, lo supuse por el menú, ya que no sabía qué hora era, digamos que el celular, el avión y mi cuerpo registraban husos horarios distintos. Dejó de importarme, me entregué. La cena, colorida y en porciones estudiadas, fue suficientemente convincente como para dejar de pensar y disponerme a ese raro llamado del cuerpo a descansar nuevamente. Las luces se relajaban así como los párpados, mientras el ruido de las turbinas nos acercaban cada vez más a nuestro destino. Horas después comenzó la actividad: baños llenos, bebidas, brazos y piernas estirándose, voces buscando complicidad. Vi una peli, “The Founder”, me pareció tan apropiada que entré en un estado de dicha y agradecimiento, después de todo, se trataba de no hacer nada, solo dejarse llevar.



OVERTHINKING...


Estando allí, en ese estado de existencia y nada más, lancé algunos pensamiento al universo, recordándole qué quiero, cómo me veo, qué siento y al enlazarlo todo, se vislumbraron muchas cosas en la pantalla de mi conciencia. Reflexioné: No creo en aquello de que un nuevo destino te cambia, o un viaje significa "borrón y cuenta nueva". Cuando viajas, te llevas en tu maleta, además de tus calzones, tu cabeza y con ella, toda su luz y toda su mierda. ¡Te llevas contigo todo lo que contienes! (¡Qué fuerte!) Cambian las coordenadas, pero no el sistema de creencias, los miedos, los paradigmas y toda esa base consciente e inconsciente que nos hace. Todo se mueve y trasciende, no somos la excepción. El orden de las estrellas, el ciclo del agua, el espacio entre planetas, el bebé en el vientre materno, la piel de la serpiente, el clima, la muerte y la vida, todo obedece a un orden perfecto y bendito, a una inteligencia que supera nuestras capacidades mentales. Somos parte de todo eso, de un sistema impecable en el que estancarse no es una opción. Pero definitivamente un cambio de continente no significa cambio interno...quizás y solo quizás un nuevo comienzo, la chispa a un nuevo capítulo. Ya eso depende de cada quien.

En fin. Llegué alrededor de las a 8:00 a.m. a Fiji, bajo un cielo pastel. Quién sabe qué hora era en Colombia. Como se pone de relativo el tiempo. Qué conceptos tan flexibles. La gente local era de cara ancha, morena y amable. Quien se vió la peli Moana podrá hacerse una idea. Me refresqué la cara, me recogí el cabello, me comí un par de galletitas porque ajá, me armé de paciencia para esperar las próximas horas y finalmente llegar a tomar el último vuelo, el que me llevaría a Sydney. (¡Wojoo, por fin!).

Esta historia comienza así…

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