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CARTA A MI PADRE

Actualizado: 22 ago 2023

Papi, esta carta la escribo porque siento que nunca había estado tan lista como hoy para hablarte tan directamente. Las historias que escuchaba de mi madre sobre ti y tu maltrato siempre fueron el marco en el que te imprimí. Me hicieron mucho daño por años. Vivía con una rabia oxidada porque la agredías y estoy convencida de que también estuviste detrás de la pérdida de mis hermanos, a quienes reconozco, bendigo y libero a través de esta carta para que sus almas descansen del peso de mi memoria y mis emociones densas. El recuerdo más vívido que tengo eres tú siendo violentando a mi madre, irrespetado mi presencia a pesar de mi corta edad. Esa sensación de desconfianza, incertidumbre e inseguridad sembró en mí una semilla de rabia y resentimiento contra el mundo. No confío fácilmente en la gente y vivo con angustia de que "algo" se salga de control. No me entrego, no me dejo llevar, un ojo descansa mientras el otro vive alerta a la próxima catástrofe, mi corazón ruge a la mínima señal de peligro, las lágrimas se sueltan solas, a veces sin razón aparente. Pero finalmente ya puedo decir con confianza que conozco su origen, la razón de su sabor y tinte. La imagen de ti violentando a mi madre a veces se muestra nítida en las pantallas de mi memoria, pero por fortuna ya soy superior a todas esas memorias y soy lo suficientemente "grande" para entender que el sufrimiento interno por el que tuviste que haber pasando te llevó a desarrollar esos niveles de agresividad. A veces solo quiero huir o desaparecer cuando alguien ajeno a mi historia accidentalmente abre este ataúd de recuerdos donde se escondieron por mucho tiempo sapos y serpientes, arañas y fantasmas, miedos, gatos negros y criaturas que se convirtieron en trauma. No es una manera sana de vivir. Por eso estoy hoy aquí, escribiendo lo que jamás pude decirte. Hoy a través de estas palabra me libero. Querido padre, te suelto. A través del perdón te dejo ir, te entrego a la gracia y la misericordia de la vida misma que te quiso en nuestro camino para aprender lecciones gloriosas. Abro mi mente, mi corazón, mi pecho, mis manos, mis ojos, para que sean purificados de todo lo que me separa de la felicidad más plena. Me siento finalmente merecedora de un título mejor que el de "la niña víctima, la pobre huérfana, hija de la viuda". Te dejo ir en paz. Gracias por haber contribuido a mi existencia. Soy el 50% de ti, soy el 50% de tu esencia. Gracias por haber existido, lo cual creó espacio para que El Universo nos esculpiera a mí y a mi hermano. No quiero creer que fuiste una mala persona, quizás faltó educación emocional en tu hogar y la misma inseguridad que infundiste en mí fue la inseguridad que recibiste tú. Quizás haber sido uno de tantos hermanos varones forjó un sistema de competitividad que no te permitió expresar tu verdad y auténtica naturaleza. Son tantos los "quizás" en los que he pensado desde que tengo uso de razón y de los cuales también me libero. Todas esas teorías que pudieron alimentar tu violencia no son mi culpa. No soy responsable de tu negligencia, ignorancia, agresión, de tus tendencias destructivas, de tu rechazo, de tu frustración, ni de tu abandono. Lo único que está en mis manos es el perdón que surge naturalmente de mi corazón hoy. Al perdonarte siento que me quito un gran peso de los hombros, de la mente y del alma ¡sobre todo del alma! Me libero de ti y de las historias que siempre acompañaron tus memorias dolorosas. Aún cuando soy biológicamente el 50% de ti, hoy decido recordar la belleza de ser 100% lo que quiero ser en plenitud: una mujer libre. Libre de este repertorio kármico nutrido de un pasado herido. No soy mi pasado ni mi historia. Pertenezco a este maravilloso presente de libertad pura.

Lo siento. Te amo. Perdóname. Gracias.



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