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SOBRE AEROPUERTOS

Los aeropuertos tienen el desatino de causar emociones tan opuestas como sagradas, tan inoportunas como planificadas. Pueden concebirse como una sala de espera por naturaleza, con la diferencia de que en éstos pueden crecer bosques frente a tus narices, mientras ves como las máquinas con alas se aproximan, se alejan y se disparan como por arte de magia entre cielos sin nacionalidad. Eres parte de la próxima tanda de almas dispuestas a volar, que llenando su reserva de café, panes dulces y té, hacen fotosíntesis entre pantallas informativas, anuncios publicitarios y otros árboles siendo parte de ese gran confesionario, donde el sacerdote eres tú, soy yo y todos, si gustas.






Las infusiones saben mejor en compañía del libro de turno y una buena dosis de tiempo para amenizar la velada. Se ven desde lejos las luces del avión que acabó de arrancar, se despide con ese estruendo que tan sólo él puede lograr. Cómo puede un aparato tan enorme elevarse y poetizar el cielo, nubes y ojos que, desde la tierra, lo ven, como los míos, opacándose de vez en cuando viendo como te desvanecías entre la gente.

Quiero entenderlo todo. Lloro cuando me canso, cuando me hallo diminuta en el no saber. Cuando me entero que jamás podré comprender estas cosas que consisten en desprenderse, en dejar ir. Estoy hecha de algo tan escaso. Algo en mí grita irreversiblemente que soy tan simple e infinita como una flor. Como una sonrisa, como estas letras que juntas te dicen adiós.

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